miércoles, 18 de febrero de 2015

Virginia




Os he dicho durante el transcurso de esta conferencia que Shakespeare tenía una hermana; pero no busquéis su nombre en la vida del poeta escrita por Sir Sydney Lee. Murió joven... y, ay, jamás escribió una palabra. Se halla enterrada en un lugar donde ahora paran los autobuses, frente al «Elephant and Castle». Ahora bien, yo creo que esta poetisa que jamás escribió una palabra y se halla enterrada en esta encrucijada vive todavía. Vive en vosotras y en mí, y en muchas otras mujeres que no están aquí esta noche porque están lavando los platos y poniendo a los niños en la cama. Pero vive; porque los grandes poetas no mueren; son presencias continuas; sólo necesitan la oportunidad de andar entre nosotros hechos carne. Esta oportunidad, creo yo, pronto tendréis el poder de ofrecérsela a esta poetisa. Porque yo creo que si vivimos aproximadamente otro siglo —me refiero a la vida común, que es la vida verdadera, no a las pequeñas vidas separadas que vivimos como individuos— y si cada una de nosotras tiene quinientas libras al año y una habitación propia; si nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos; si nos evadimos un poco de la sala de estar común y vemos a los seres humanos no siempre desde el punto de vista de su relación entre ellos, sino de su relación con la realidad; si además vemos el cielo, y los árboles, o lo que sea, en sí mismos; si tratamos de ver más allá del coco de Milton, porque ningún humano debería limitar su visión; si nos enfrentamos con el hecho, porque es un hecho, de que no tenemos ningún brazo al que aferrarnos, sino que estamos solas, y de que estamos relacionadas con el mundo de la realidad y no sólo con el mundo de los hombres y las mujeres, entonces, llegará la oportunidad y la poetisa muerta que fue la hermana de Shakespeare recobrará el cuerpo del que tan a menudo se ha despojado. Extrayendo su vida de las vidas de las desconocidas que fueron sus antepasadas, como su hermano hizo antes que ella, nacerá. En cuanto a que venga si nosotras no nos preparamos, no nos esforzamos, si no estamos decididas a que, cuando haya vuelto a nacer, pueda vivir y escribir su poesía, esto no lo podemos esperar, porque es imposible. Pero yo sostengo que vendrá si trabajamos por ella, y que hacer este trabajo, aun en la pobreza y la oscuridad, merece la pena. 

Una habitación propia. Virginia Woolf

domingo, 18 de enero de 2015

Cécile

A ese sentimiento desconocido cuyo tedio, cuya dulzura me obsesionan, dudo en darle el nombre, el hermoso y grave nombre de tristeza. Es un sentimiento tan total, tan egoísta, que casi me produce vergüenza, cuando la tristeza siempre me ha parecido honrosa. No la conocía, tan solo el tedio, el pesar, más raramente el remordimiento. Hoy, algo me envuelve como una seda, inquietante y dulce, separándome de los demás.
Françoise Sagan. Bonjour tristesse

miércoles, 7 de enero de 2015

Jaime

Jaime Gil de Biedma, 13 de noviembre 1929 - 8 de enero 1990.


PÍOS DESEOS PARA EMPEZAR EL AÑO
Pasada ya la cumbre de la vida,
justo del otro lado, yo contemplo
un paisaje no exento de belleza
en los días de sol, pero en invierno inhóspito.
Aquí sería dulce levantar la casa
que en otros climas no necesité,
aprendiendo a ser casto y a estar solo.
Un orden de vivir, es la sabiduría.
Y qué estremecimiento,
purificado, me recorrería
mientras que atiendo al mundo
de otro modo mejor, menos intenso,
y medito a las horas tranquilas de la noche,
cuando el tiempo convida a los estudios nobles,
el severo discurso de las ideologías
-o la advertencia de las constelaciones
en la bóveda azul…
Aunque el placer del pensamiento abstracto
es lo mismo que todos los placeres:
reino de juventud.

“Poemas póstumos” 1968

viernes, 2 de enero de 2015

LOLA


En la Navidad de 1952 Truman Capote recibió un extraño regalo: un cuervo. Le pareció espeluznante y feo pero no se atrevió a desairar a Graziella, la joven siciliana a la que le había alquilado la casa y autora de tan sorprendente obsequio. Poco a poco Lola -que así se bautizó al pajarraco- fue haciéndose con un hueco en la vivienda y en el afecto del escritor. Era apenas un polluelo cuando llegó a sus manos y no le resultó difícil acostumbrarse a vivir con los otros animales de la casa: un bulldog inglés y un foxterrier. Es más, Lola creció convencida de ser un perro, sin mostrar el más mínimo interés por volar, compartiendo la comida y durmiendo al lado de sus dos nuevos amigos. El invierno siguiente Truman regresó a Roma. En el asiento trasero de su descapotable viajaban las maletas y los dos perros; en su hombro, Lola. Hubiera sido conmovedor cruzarse con tan deliciosa estampa de la singularidad humana.
Instalados en via Margutta 33, Lola pronto descubrió los peligros de la gran ciudad en forma de felino taimado. El anciano señor Frioli, vecino de Truman, intentó en vano de prevenir de la fatalidad.
Este es final de la historia:

El signor Frioli sacudía la campanilla. Yo grité. El gato dio un salto, las uñas desenfundadas. Pero fue como si en el último momento Lola hubiese percibido el peligro. Saltó de la balaustrada y cayó hacia la calle (...).
-¡Lola! ¡Vuela, Lola vuela!
Las alas, aunque desplegadas, estaban inmóviles. Lenta, gravemente, como si llevara un paracaídas, fue deslizándose hacia abajo, cada vez más abajo.
En la calle vi pasar una furgoneta de reparto. Al principio pensé que Lola caería justo delante, lo que parecía bastante peligroso. Pero lo que ocurrió fue peor, resultó inaudito y terrible: aterrizó sobre unos sacos apilados en la parte de atrás de la furgoneta. Y se quedó allí. Y la furgoneta seguía su marcha: dobló la esquina y desapareció de Via Margutta. 
-¡Vuelve, Lola! ¡Lola! 
Corrí tras ella, resbalé al bajar los seis tramos de resbaladizos escalones de piedra; me pelé las rodillas; perdí las gafas (salieron volando y chocaron contra la pared). Al llegar a la calle, corrí hasta la esquina que acababa de doblar la furgoneta. A lo lejos, entre una bruma compuesta de miopía y lágrimas de dolor, vi la furgoneta detenerse en un semáforo. Pero antes de que pudiera alcanzarla, mucho antes, se puso verde, y la furgoneta se llevó a Lola, me la arrebató para siempre, perdiéndose entre el tráfico que se arremolinaba en la Piazza di Spagna (...).
Y todo ese tiempo el signor Frioli permaneció sentado en la ventana, esperando con una expresión de pesar y asombro. Cuando vio que había vuelto hizo sonar la campanilla para que yo saliera al balcón.
Le dije:
-Creía ser otra cosa.
Frunció el ceño.
-Un perro.
El ceño se hizo más pronunciado.
-Se ha ido.
Eso lo entendió. Bajó la cabeza. Yo también.
Lola (1964) Truman Capote

lunes, 15 de diciembre de 2014

NOSTALGIA



Mientras Virgilio muere en Bríndisi no sabe
que en el norte de Hispania alguien manda grabar
en piedra un verso suyo esperando la muerte.
Este es un legionario que, en un alba nevada,
ve alzarse un sol de hierro entre los encinares.
Sopla un cierzo que apesta a carne corrompida,
a cuerno requemado, a humeantes escorias
de oro en las que escarban con sus lanzas los bárbaros,
Un silencio más blanco que la nieve, el aliento
helado de las bocas de los caballos muertos,
caen sobre su esqueleto como petrificado.
Oh dioses, qué locura me trajo hasta estos montes
a morir y qué inútil mi escudo y mi espada
contra este amanecer de hogueras y de lobos.
En la villa de Cumas un aroma de azahar
madurará en la boca de una noche azulada
y mis seres queridos pisarán ya la yerba
segada o nadarán en playas con estrellas.
Sueña el sur el soldado y, en el sur, el poeta
sueña un sur más lejano; mas ambos sólo sueñan
en brazos de la muerte la vida que soñaron.
No quiero que me entierren bajo un cielo de lodo,
que estas sierras tan hoscas calcinen mi memoria.
Oh dioses, cómo odio la guerra mientras siento
gotear en la nieve mi sangre enamorada.
Al fin cae la cabeza hacia un lado y sus ojos
se clavan en los ojos de otro herido que escucha:
Grabad sobre mi tumba un verso de Virgilio.
Antonio Colinas


[En la foto: Ugo y Luigi, dos marineros que me enseñaron los secretos de Cabo Palinuro] 

jueves, 6 de noviembre de 2014

Carol




La rabia es mi condición de vida desde siempre; son la ira y la violencia las que me lanzan a pintar; y el trabajo me apaga, me calma.
Carol Rama (Torino 1917)










domingo, 19 de octubre de 2014

Manuel


Nuevo número de la Caja de Pandora donde colaboro con un artículo sobre la figura del periodista y escritor republicano Manuel Chaves Nogales, muerto en el exilio en 1947.
Se puede descargar AQUÍ