domingo, 12 de noviembre de 2017

Pantelleria 1


La primera vez que me hablaron de Pantelleria tuve que consultar en un mapa dónde se encontraba esa diminuta isla a la que acababan de invitarme. Más cerca de la costa tunecina que de territorio italiano, aquella roca venteada y volcánica escondía un caudal de fascinación inesperado.
La primera sorpresa fue descubrir que el mismísimo García Márquez había estado allí. La segunda, que Giosué Calasciura había escrito un libro (Pantelleria, l'ultima isola) en el que dedicaba un capítulo entero a narrar tan ilustre estancia. El resto de sorpresas forman parte ya de otras historias que tal vez cuente en otro momento. Mientras tanto, aquí dejo traducido el capítulo en cuestión deseando que el señor Calasciura sea benévolo conmigo.


PANTELLERIA. LA ÚLTIMA ISLA
Giosuè Calasciura

Gabriel García Márquez alunizó en el aeropuerto de Pantelería el primer día del fatídico julio de 1969. Descendió del Fokker amarillo papagayo junto a su mujer Mercedes y sus hijos Rodrigo y Gonzalo. En Margana, esperándole, los hermanos Cicogna, Antonio y Enrico, este último su traductor y amigo. Enrico y su hermano tenían casa en Pantelleria, en Punta Tre Pietre, justo al lado de la obra donde se construía el blanco mazacote de propiedad libia[1]. El año anterior, en el 68, Enrico había firmado para Feltrinelli la traducción de Cien años de soledad. Márquez y familia huían del fragor del éxito sin precedentes de la novela, buscaban refugio y anonimato en la isla que antes no estaba[2].
Cuentan que vieron al escritor vacilar sobre la escalerilla del avión, dentro de su uniforme de lino blanco, agarrado al pasamanos, bufando debido al bochorno primigenio y sulfúreo de la isla. Miró alrededor y con una sonrisa de gentil ironía dijo a su mujer, bajito para que nadie lo oyese: pero dónde me han traído. Porque se sentía en el límite del mundo, donde la realidad pierde concreción y la imaginación la conquista; un límite trazado con prisa y por aproximación, porque los pintores de la Creación no habían tenido tiempo de darle una mano de color, dejando todo en el negro antracita de las materias primas, sin un retoque siquiera, sin una pasada de paleta para alisar las aristas agudas de las bastas excrecencias de lava. Todavía de viaje, en los giros de buitre del avión, desde la ventanilla había avistado la isla semejante a un animal prehistórico, emergido de los pantanos de azufre de los abismos en busca de un sorbo de aire; recubierto de fósiles, de parásitos y de sedimentos calcáreos milenarios, listo para retornar a sus profundidades hirvientes. Pantelleria le pareció sin lugar a dudas Macondo, con el agravante de estar circundada de agua, perdida para todas las rutas que expanden la modernidad de los hombres; dispersa entre océanos de volcanes laboriosos que dejan semillas de erupción en forma de isla, elástica de latitud y longitud, con la facultad cetácea de emerger, de abismarse y surgir de nuevo , según un plan de escalofriante claridad.
El escritor percibió el sentido precario de los destinos volcánicos, la parábola geológica y líquida, de magma y agua salada, la claridad fulminante de que todo es temporal, que todo desaparecerá, y sintió que definitivamente había caído en la trampa de la geografía fantástica que él mismo había imaginado.
De aquel julio nadie recuerda los prolongados entretenimientos acuáticos del escritor y de la familia Márquez, sus bigotes cuidados, los rizos, la mirada burlona a medio camino entre un labrador y un parisino. Sólo uno, Paolo Ponzo, ex empleado de Enel, empeñado en ser periodista y epígono marqueciano, ha ido recomponiendo en los últimos años la memoria de aquel julio en el que el Apollo 11 viajaba entre la Tierra y la Luna para estampar la primera huella humana sobre el satélite.





Paolo Ponzo tenía veinte años y trabajaba de pescador. Aficionado a la pesca submarina, vendía las piezas a los hoteles de la isla, mostrando a los veraneantes músculos y bronceado. No se enteró de quién era aquel huésped con familia que hablaba un español del otro lado del océano y que se había instalado con el amigo Enrico.
Ponzo llevaba a la comitiva desde la casa de Cicogna a dar una vuelta por la costa en la barca fuera borda. Nadaba con ellos, le daba instrucciones a los Márquez más jóvenes sobre cómo sumergirse con bombonas, les regalaba pescado, los acompañaba en las excursiones hacia el interior. Se hicieron amigos. Por la noche, durante la cena, comían lo pescado, veían juntos la tv. Trasnocharon el 20 de julio hipnotizados por el blanco y negro del alunizaje, mirando el pie de Amstrong dejar una huella como los primeros visitantes de la isla. El propio Márquez, en una entrevista de 2009 concedida a El País con motivo de los cuarenta años del desembarco recordó aquella noche en Pantelleria: “el lugar más apropiado para pensar en la Luna. Creía con una cierta nostalgia premonitoria que la Luna debía de ser así. Pero el desembarco de Amstrong –dijo el escritor- aumentó mi orgullo patriótico: Pantelleria era mejor”.
Ponzo sabía que Cicogna frecuentaba escritores y personajes extravagantes, pero el recuerdo, cuando muchos años después le dijeron que aquel García Márquez de julio del 69 era un Nobel de Literatura, se perdía entre las caras de tantos vip que a oleadas, según las épocas, venían a Pantelleria. La cara de Márquez se confundía y se sobreponía, por culpa de los bigotes, con la de Bruno Lauzi. Ponzo conservaba una foto donde, junto al cantante, se dispone a destripar a un gran mero. Un recuerdo sin más, entre tantos.
Otras caras, otras aventuras, otros veranos, y después el otoño de la madurez: la familia, la casa, el trabajo, los rizos que se hacen grises. Hasta que un amigo, apenas desembarcado del ferry, le puso en la mano un volumen de Doce cuentos peregrinos publicado por Márquez en el 92. “Estás tú aquí dentro”, le dijo.


Ponzo volvió a casa y se buscó. Se encontró en la primera página del cuento El verano feliz de la señora Forbes, una crónica precisa aunque fantástica de aquellos días de los Márquez en Pantelleria. Se encontró en la morena de siete kilos que el joven pescador, marinero, semidios Oreste, había colgado de la puerta de la casa de los Márquez en Punta Tre Pietre. Oreste es Paolo Ponzo, hoy empleado jubilado con la memoria un poco evaporada, que gracias a la tragedia literaria de la señora Forbes, institutriz alemana e inflexible enferma de soledad, consiguió reunir fragmentos de un verano vivido más de 45 años atrás, cuando el hombre desembarcó en la Luna. La morena la colgó él en la puerta nada más pescarla, como regalo y para gastar una broma. Aquella bestia mítica impresionó a Rodrigo y Gonzalo Márquez, protagonistas del relato. Resistieron, no se la comieron enseguida, sólo cuando se hicieron a la idea de ingerir una serpiente.
Pantelleria no podía no dejar una señal, una fascinación, una cicatriz, en la elaboración imaginaria de Gabo: “la llanura solar de rocas volcánicas, el mar eterno, la casa pintada de cal viva hasta los sardineles, desde cuyas ventanas se veían en las noches sin viento las aspas luminosas de los faros de África”.


 


Desde Punta Tre Pietre, desde la costa que mira hacia el sudoeste no es difícil adivinar los resplandores de África en la oscuridad. Ponzo-Oreste empieza a recordar a través de la felicidad del retrato firmado por Márquez, que lo ha dibujado siempre vestido de marinero con un cinturón de cuero “con seis cuchillos, de formas y tamaños distintos, pues no concebía otro modo de cazar debajo del agua que peleando cuerpo a cuerpo con los animales”; un hombre pez que “pasaba más tiempo en los fondos marinos que en la tierra firme y él mismo parecía un animal de mar […]: imposible concebir un ser humano más hermoso”.
Ponzo ahora recuerda. A sus oídos regresa el zumbido del fuera borda, el estupor de Márquez por el mar tan transparente que resultaba imposible esconder la verdad de los fondos; la curiosidad del escritor colombiano con cara de siciliano del interior, fascinado por la leyenda de la Cossyra sumergida, la ciudad submarina que espera todavía ser descubierta y que aparecerá muchas veces en sus novelas siguientes.
Las páginas del cuento ambientado en Pantelleria son una confirmación que respalda la memoria reencontrada: el ánfora griega llena de vino venenoso, los torpedos de la segunda guerra mundial amarillos como el Fokker, el “remanso humeante” de aguas “tan densas que casi se podía caminar sobre ellas”. Él mismo le habló a Márquez, en la traducción de Cicogna, del hallazgo de reliquias helénicas submarinas, del torpedo encajado en las profundidades de Nikà, de los casquillos de ametralladora que todavía se pescaban en la costa. Y fue él quien acompañó a la familia Márquez al Bagno dell’ Acqua, el “remanso humeante”, para darse un baño termal.
Ponzo no sólo ha reencontrado los gestos, los lugares de Pantelleria queridos para Márquez (sobre todos Punta Fram, por la cualidad “lunar” de los escollos; la cueva de Satarìa, por las resonancias homéricas), sino que ha redescubierto su propia juventud de vagabundo marino. Ha reconocido en el perfil de la gobernanta de la casa, Fulvia Flaminea, a su propia madre que cocinaba en casa el pescado para los huéspedes la noche del 13 de julio, Sant’ Enrico, para felicitar a Cicogna. La madre que contaba a los pequeños Márquez cuentos de fantasmas de ahogados y les “enseñaba a distinguir las algarabías remotas, las canciones, las ráfagas de llanto de los vientos de Túnez”.
Ponzo recuerda ahora que la elección de una institutriz alemana para el cuento se la inspiró a Márquez el propio Enrico Cicogna del que el escritor se burlaba llamándolo “cabeza cuadrada” debido a un manuscrito en alemán que rondaba por la casa y que tenía que traducir. Gabo poseía un tipo de ironía sutil y explosiva. Ponzo recuerda que le pedía a su mujer Mercedes que le preparase un café: “sí”, respondía Mercedes, “¡entonces hazlo!” reía Márquez.
Un comité isleño ha propuesto colocar una placa en los lugares marquecianos de Pantelleria para recordar aquel julio del 69. Pero la isla, como la isla más grande de Sicilia, es una snob. No necesita placas, lápidas para subrayar virtud y memoria. No se hará nada. Siempre es mejor olvidar, como ha hecho Ponzo-Oreste, recomenzar cada vez como si todo fuese nuevo e inédito. La memoria es un parásito pernicioso, informa sobre el pasado, cristaliza la inexorable vejez. La memoria a veces es un gusano, un dolor.



Paolo Ponzo alberga un tormento más allá de las evocaciones literarias de Márquez. Sigue mascándolo en pesadillas recurrentes, en sobresaltos nocturnos, con una conmoción que a menudo hace brotar las lágrimas en sus ojos, obstaculiza la narración en un sollozo.
Era el 27 de julio del 81. El verano estaba todavía inseguro y frágil, los vientos no acababan de apaciguarse según las rutas suaves de la estación estiva, más bien se retrasaban en los caprichos rugientes de la tardía primavera, ráfagas imperiosas del sur que ponían en peligro floración, brotes, navegación. Ponzo y un compañero de inmersión, en el Porto Vecchio, miraban el mar impracticable, preparaban las bombonas, controlaban los suministros a la espera de que el mar se aplacase.
Los hombres de la Capitanía se presentaron disculpándose: no tenían buceadores en la sede aquellos días. Y pedían si, por cortesía, podían echar una mano para recuperar los siete cuerpos de la tripulación del Ben-Hur, un pequeño pesquero de Mazara del Vallo que había venido hasta Pantelleria, hasta Punta della Polaca, el extremo sudoeste de la isla, a morir en los escollos.
Un naufragio anómalo. Nunca un pesquero de la flota mazaresa se había alejado tanto de la costa, por la noche, a calar las redes con ráfagas de mar violentas; cuando, desde siempre, los pescadores han preferido los lechos cultivados de peces del Canal de Sicilia al “promontorio” en equilibrio entre Libia y las aguas internacionales, tan disputado que a menudo la barca termina precintada en los puertos africanos y la tripulación en la cárcel.
El Ben-Hur era una barca destartalada: quizás una avería, un problema al timón, la roca no divisada en el centro de la cala, una fuga en el casco, el hundimiento repentino. Nadie se salvó y los cuerpos quedaron dispersos desde el Salto della Vecchia hasta Balata dei Turchi.
Por favor, por las familias, por piedad, les dijeron los de la Capitanía. Y cuanto más tiempo pasaba, el mar más enredaba el hilo que todavía unía los restos a los marineros dispersos, invalidando cualquier posibilidad de recuperación.
Habían pasado ya dos noches desde la tragedia. El amigo no quiso saber nada, Ponzo se quedó solo con su respuesta y dijo que sí.  Se puso el traje de buzo, cogió las bombonas y se embarcó con los marineros de la Capitanía.
Paolo Ponzo no había visto nunca un muerto en el mar. De los siete cuerpos recuperó cinco; el último, el del timonel, en la Balata. Cuerpos destrozados por la ferocidad del mar y de los escollos. Se sumergía hasta los cadáveres, ataba un cabo por debajo de los brazos y desde la barca tiraban hasta la superficie. Uno, el más joven de la tripulación al que llamaban “seis dedos”, pasó a formar parte de sus pesadillas. Lo vio rápido. Estaba en el fondo, sentado, con los rizos del pelo que parecían algas movidas por la corriente, como si lo esperase. Los ojos abiertos con la expresión de los muertos del mar que contemplan para siempre el abismo, los brazos abiertos como si lo acogiese, como un director de orquesta. Cuando Ponzo estuvo cerca lo miró a los ojos y por primera vez tuvo miedo debajo del agua.


Lo ató con el cabo, y comenzó el ascenso hacia la superficie. Cada tirón que venía de la barca se reflejaba en el cadáver como un gesto de saludo, una invitación a seguirlo, un movimiento de vivo. Ponzo tuvo la impresión de que el muerto quería abrazarlo, tenerlo cerca.
Continua viéndolo, aquel cuerpo que sube llamándolo con gestos. Continúa a interrogarse sobre la vida y la muerte, sobre la memoria que escoge ella sola aquello que se recuerda y aquello que se pierde.
Memoria personal y memoria colectiva parecen obedecer a mecanismos iguales.
El ayuntamiento de Pantelleria ha deliberado durante años concederle una distinción a Ponzo, un agradecimiento público por la recuperación de los cinco cuerpos el 27 de junio del 81. Nunca se ha hecho oficial.




[1] Un enorme hotel, inicialmente propiedad de Gadafi, que pasó a manos de un banco y que todavía no se ha abierto al público a pesar de varias reformas.
[2] Calasciua se refiere a Pantelería de esa manera en otras partes del libro.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Otoño


En estas fechas viene siendo habitual que las redes sociales se saturen de imágenes otoñales como culmen de la felicidad. Sillones orejeros frente a un ventanal empapado de lluvia, una mantita y un libro abierto junto a una humeante taza de té conforman el imaginario colectivo, defendido hasta la saciedad.
Lo siento pero no puedo encontrar la razón de tanta alegría hipster. La lluvia no tiene nada de apetecible para los que, como yo, vivimos dentro de la humedad desde ahora hasta junio. Estar obligado a la clausura no es una opción para los que, como yo, creemos que como fuera de casa no se está en ningún sitio.
Si algo excita mi imaginación y eleva mi espíritu aventurero es la imagen de una tarde soleada, pies en alto, abandono gandul sobre una hamaca y una jarrita de sangría.
Un largo y gélido camino me aguarda. Siempre me quedará la Literatura.

lunes, 26 de junio de 2017

Historias napolitanas (1)


Nunca había subido en ascensor a una iglesia. Imagino que para los fieles no habrá ilusión más palpable de subir al cielo que la de darle al botón del segundo piso. Pero no es esta la única rareza que alberga la capilla de Santa María del Parto, en pleno barrio de Mergellina. El párroco charla en la acera con dos mujeres, en cuanto me acerco saca sus llaves del bolsillo y me abre una puerta estrecha indicándome hacia el fondo, donde está el ascensor. Resulta un tanto extraño aparecer de pronto en un rellano con un enorme cristo crucificado rodeado de velas eléctricas, pero no negaré que tiene su parte divertida.



La construcción de la iglesia fue financiada por Jacopo Sannazaro en un terreno de su propiedad. Es posible, incluso, que el nombre de la parroquia derive de unos versos del excelso autor de la Arcadia. Detrás del altar, oculto tras unas imágenes toscas y sin valor alguno, se encuentra el verdadero tesoro: la tumba del poeta. El monumento, en mármol blanco, reproduce escenas de la Arcadia en sus bajorrelieves, custodiados por dos estatuas imponentes de Minerva y Apolo. Sin embargo, no es eso lo que puede leerse en las inscripciones inferiores. Los nombres de los dioses paganos han sido borrados por una mano “piadosa” y sustituidos por los de David y Judit. Cúpulas y paredes aparecen decoradas con escenas del Parnaso y de las Musas…imagino que hubiera resultado más costoso “cristianizar” todo aquel canto a la creación literaria.









Mientras contemplo absorta todas aquellas maravillas escondidas en la trastienda de la iglesia, el párroco pasa a mi lado camino de la sacristía. No sé qué pensará, después de tantos esfuerzos por ocultar el origen pagano del lugar, cuando el único atractivo del templo sigue siendo la tumba de un poeta.
Otra de las curiosidades de esta capilla es un cuadro de San Miguel matando al demonio en forma de dragón. Aunque este ser malévolo aparece representado con la cara de una hermosa mujer, Vittoria d’Avalos, de quien el cardenal Carafa se enamoró perdidamente. Rechazadas sus pretensiones por la bella y discreta Vittoria, el cardenal perdió el juicio y como venganza encargó este cuadro al pintor Leonardo da Pistoia. La mujer objeto de sus tormentos era al fin vencida por el arcángel. Debajo del cuadro puede leerse la inscripción que el rencoroso cardenal mandó colocar: “et fecit victoriam aleluya”.




Salgo a la calle buscando el mar. El aire primaveral sigue siendo demasiado frío a pesar del día luminoso, casi cegador. Dicen los napolitanos de una mujer hermosa y seductora que è bella comme il diavolo de Mergellina. No sé por qué pero pienso ahora que la verdadera victoria reposa en ese dulce diablo que sonríe a los pies de San Miguel.